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Un reto

Un reto: Al menos una vez al día, conscientemente, entreguémonos a la nada.

Confieso que soy la responsable de no parar. Confieso que las escasas veces que lo consigo me siento como con una camisa de fuerza, conscientemente quieta, insistiendo en no hacer nada por unos minutos. Cuesta la tira!!

¿Alguien pone en duda el ritmo frenético en el que vivimos inmersos? El trabajo, las tareas, la familia, los amigos, la nevera, cientos de libros listados pendientes de leer; la sensación de no estar a la última en las noticias; una veintena de pelis que aún deseamos ver; millones páginas webs esperando a aportarnos sus datos; otro tanto de videos disponibles en YouTube; dejar el móvil en casa para salir a correr es todo un reto de “dejación”; hiperconectividad; sobre-estimulación…

Vivimos continuamente bombardeados de “Hay que” activos: hay que producir más en menor tiempo; hay que estar ahí en el instante preciso en que se produce la oportunidad; hay que absorber la mayor cantidad de información posible y, además, hay que saberla retener y transmitir con excelencia; hay que estar disponible para viajar; hay que estar siempre al día y en constante proceso de estudio; hay que extralimitar nuestras fuerzas aun a costa de restar horas a nuestro tiempo de sueño necesario – siempre escaso -; hay que vivir mucho y muchas cosas aunque no necesariamente bien o positivas; hay que cuidar la salud; hay que hacer deporte; hay que mejorar nuestro interior, hay que, hay que…

Los estudios demuestran que cada vez que exploramos algo, nuestro cerebro se compensa con una buena dosis de dopamina que nos proporciona energía y concentración. Una especie de satisfacción que nos lleva a explorar más y más. A esta tendencia se le viene a llamar “inercia neuro-exploradora”. Sin embargo, también está demostrado que dicha tendencia sostenida, nos conduce al colapso, o dicho en otro término para todos conocido: estrés.

Es vital (Es otra forma de decir “hay que” sin decirlo) proporcionar a nuestro cerebro momentos de relajación total, de silencio, sin ningún objetivo en particular, apartarlo del vertiginoso intercambio de información y colocarlo en un estado de no-hacer.

Eso que conseguimos en vacaciones, porque conscientemente nos mentalizamos a ir más despacio, a tomar una siesta como un lujo sólo vacacional; a remolonear un domingo antes de levantarnos, quizás no sea tan fácil en el ritmo habitual. Sin embargo, podemos ser conscientes de nuestros ratitos de no-hacer simplemente identificando momentos en los que “podríamos aprovechar para hacer algo” y decidiendo no hacerlo. Se acerca a algunas técnicas meditativas, la mera expectación mientras vamos en el autobús, o esperamos en una cola en el banco, o mientras caminamos hacia el trabajo puede proporcionarnos el momento de decidir respirar y observar pasivamente sin intervenir.

Este reto, con estos sencillos propósitos, nos permitirán “despistar” a nuestro cerebro de la dinámica a la que le sometemos y diluir la posibilidad de colapso neuronal a la que nos conduce estar siempre ansiosamente activos. Esto que comúnmente le llamamos estrés forma parte de nuestra responsabilidad al dejarnos llevar sin dedicar momentos al día a, sencillamente, parar, no hacer, observar, limpiar esa energía sobresaturada.

Sólo nos exige dos cosas:

1) Identificar momentos que van a transcurrir igual con o sin nuestra acción o intervención

2) Inhalar y exhalar.

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Cinco enfoques vitales sobre los que actuar

Hace unos días tuiteamos un frase que, como todo lo que procuramos compartir, nos hizo “touch”: “La muerte está tan segura de sí misma que nos regala la vida como ventaja”.

Es cierto que estamos viviendo una época complicada, plagada de circunstancias que nos obligan a levantarnos cada día con una fuerza renovada; a esforzarnos por adaptarnos a los cambios y extraer la esencia de lo importante. También es cierto que nuestras conexiones neuronales no llevan bien eso de vivir continuamente situándonos en el peor de los escenarios. Pero, quizás, sea interesante proponernos una pequeña parcela de trabajo diario de introspección para detenernos a observar, atender y valorar cuestiones tan importantes como las que nos gustaría no perdernos en la vida o, yendo más allá, como aquellas que estamos a tiempo de evitar arrepentirnos si un día echamos la vista atrás.

Hace poco descubrimos la historia de la australiana Bronnie Ware, que trabajó durante años reconfortando a pacientes terminales, a los que parecía que sólo había que calmar el dolor físico. Bronnie escribió el libro “The Top Five Regrets of the Dying” (Los 5 mayores remordimientos de los moribundos) en el que, con palabras reconfortantes y cierto toque de humor, narra su experiencia al descubrir que, las personas que se encuentran conscientes de sus últimos tiempos de vida, viven una especie de revelación en el que algunas personas sufren al percibir que ya sea tarde para enmendar situaciones o hacer lo que entonces se dan cuenta que deseaban hacer y no hicieron.

Extractamos las cinco situaciones que Bronnie sugiere que suelen ser puntos de arrepentimiento vital, con el único efecto de invitarnos a la reflexión y, si es posible, que procuremos identificar nuestros esfuerzos ahora y siempre.

1. “He enfocado mi vida en hacer lo que los demás esperaban de mi, siempre procurando satisfacer a todos. No he vivido una vida auténtica por mi mismo pero tampoco he conseguido satisfacer a todos”. Se requiere una buena dosis de coraje y de trabajo interior para identificar exactamente qué es lo que nosotros queremos y enfocarnos en nuestros sueños, anhelos y objetivos. Sabemos que no podemos conseguir que todo cuanto hagamos “guste” a todos cuantos nos rodean o tienen influencia en nuestras vidas. Qué duda cabe que dar satisfacción crea la propia satisfacción. Sin embargo, determinar con claridad nuestras prioridades, también respecto de a qué personas del total buscamos satisfacer, y buscar que esas personas no nos distancien de nosotros mismos, seguro que resulta más auténtico para nosotros.

2. “He destinado la inmensa mayoría de mi vida a trabajar, a perseguir un objetivo económico o laboral y he desatendido momentos importantes con mis seres queridos”. El trabajo no sólo es absolutamente necesario para sustentar nuestras necesidades y las de nuestras familias, sino que nos desarrolla como personas y produce grandes satisfacciones personales. El punto está en el “demasiado trabajo” o “sólo trabajo” (adicción al trabajo) que nos lleve a desatender o alejarnos de nuestros seres queridos, perdiéndonos momentos importantes para nuestro desarrollo personal.

3. “Me hubiese gustado tener el coraje para expresar mis sentimientos”. En ocasiones, la educación, las experiencias que forjan nuestra personalidad, el entorno en el que nos hemos ido moviendo a lo largo de nuestra vida, nos llevan a ser rígidos en la expresión de las emociones. No conocemos a nadie que, cuando consigue liberarse de esas ataduras externas, y expresa sus sentimientos no se sienta francamente liberado. Probemos cada día a expresar nuestro amor, nuestra admiración, nuestras dudas, temores y tristezas. Y, dando un paso más, os invitaría a asumir la gran responsabilidad de educar a nuestros niños en identificar y expresar con naturalidad sus emociones. Si consiguiéramos eso… llenaríamos el mundo de personas que como mínimo tendrían un “arrepentimiento” menos en la lista, por no citar su efecto multiplicador!!!

4. “Lamento no haberme mantenido en contacto con mis amigos. Fui consciente cuando me necesitaban y también de que no supe estar a su lado”. Confesamos que el equipo que os escribe tiene entre manos una multi-actividad de vértigo y, por tanto, nos hacemos cargo de que el tiempo adquiere un valor increíble y, además, es tan limitado que resulta escaso. Resulta complicado, por no decir “dañino” darse a todo con intensidad porque conduce a agotamiento físico y mental. Quizás consista en balancear nuestro tiempo sin extremos y procurar gestionarlo de forma eficaz para destinar momentos en compartirlo con aquellos a los que queremos. ¿A quién hace tiempo que no le hablas, pero te gustaría ver? ¿Recuerdas que en navidades alguien te envió un mensaje y le dijiste que era mala época? A todos nos gusta sentirnos queridos y atendidos. Cultivemos nuestras relaciones personales y, si nos lo permitís… abramos nuestra mente incluso a conectar con desconocidos. Os invitamos a disfrutar del increíble valor que aporta “descubrir personas”.

5. “Desearía haberme permitido ser más feliz y mejorar, pero sé que tenía miedo”. Es una realidad que no nos han educado para adaptarnos a los cambios, en el sentido de asumir riesgos y consecuencias previsibles pero también inesperadas, y continuar no obstante abriendo caminos diversos. Mentalmente nos aferramos a la permanencia de situaciones que nos agradan o a objetivos conseguidos. Sin embargo, es una realidad incuestionable que los cambios se producen, y muchos a lo largo de nuestras vidas!!. Mientras no interioricemos que no todo permanece estaremos dando cancha al miedo que se sitúa en nuestro cerebro creando una conexión neuronal que nos empuja a reaccionar con el mismo impulso ante el mismo estímulo. Mientras ese miedo nos paralice, no seremos capaces de avanzar y lograr nuestros sueños, anhelos y objetivos del punto 1.

Todo cambio es un riesgo, pero sin cambios no hay mejoras.

¡Qué interesante trabajo evitar ser los verdaderos responsables de cerrar nuestro propio círculo! Porque nos guste asumirlo o no, somos los únicos responsables de dimensionar nuestras propias vidas.

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Por los abuelos, para los abuelos

Recuerdo cuando era niño, con un cariño especial, las visitas de mis abuelos a casa. Vivían en un pueblo lejos (lejos para entonces con aquellas carreteras, claro) y cada vez que venían era un acontecimiento y una fiesta.

Venían siempre cargados de regalos y chocolatinas. Unas en especial, que llamábamos “los estrechitos”, eran el mayor tesoro del mundo y, tanto mi hermana como yo las guardábamos como oro en paño dosificándolas para que así nos durasen más. Y no eran nada especial, las había en todas partes y las podríamos comprar con nuestra paga semanal. Pero esas eran especiales. Nos las habían traído los abuelos!!.

Pero lo mejor de todo, lo que más nos gustaba era que nos contasen cuentos e historias. Nos sentábamos en su regazo después de cenar (o mientras cenábamos si lo que había era algo “difícil”) y nos quedábamos embobados oyendo historias de caballeros que luchaban con dragones para salvar a una princesa. Y daba igual que cada vez nos contasen la misma historia. Daba igual que fuera en muchas ocasiones el mismo cuento. Siempre era especial porque nos lo contaban los abuelos!!.

He tenido el inmenso regalo de que, más recientemente, mis hijos demostrasen una admiración y un amor, incluso más grande que el mío propio, por sus abuelos. Recordarlos en sus épicas y desternillantes conversaciones en el salón de casa, con los ojos de mis hijos abiertos como platos y los de mi padre destilando amor a raudales, es una imagen que aún hoy, varios años después, aún me pone la carne de gallina.

Hoy, en el Día del Abuelo nuestra propuesta es que volvamos por un instante a ser niños y a demostrarles ese amor y admiración que les profesábamos cuando éramos pequeños. Ellos nos han dado todo su amor, toda su ternura. Nos han ayudado siempre y nos han tendido su mano cuando la necesitábamos. Somos lo que somos gracias a ellos. Se merecen, no solo un día, sino nuestra admiración y gratitud eterna.

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¿Jugamos con nuestros pensamientos y palabras?

En las circunstancias actuales, cuanto nos comunicamos con otras personas habitualmente nos estamos encontrando con dos tipos de respuestas que, de forma repetida, se convierten en actitud. Incluso a veces esa actitud se reitera tantas veces que se convierte en una forma de vida.

Por un lado, personas que continuamente se están quejando, y no les faltan razones. Sin embargo, no siempre parece que estas personas estén realmente haciendo algo para cambiar su particular parcela de problemas, muchas veces sucesivos y concatenados. Y, por otro lado, un bombardeo de recomendaciones de poner en práctica e interiorizar el pensamiento positivo y la asertividad.

Todos podemos trabajar nuestro interior. Nadie es esencialmente negativo o positivo. Todos podemos manejar nuestros pensamientos y palabras y, eso sí, los manejaremos mejor si ponemos en activo el verbo “hacer”.

Quienes nos recomiendan ser sujetos activos en el control y gestión de nuestros propios pensamientos, y más aún, al convertirlos en palabras; defienden que las palabras y los pensamientos son energías que tienen mucha fuerza. Que cuando pronunciamos términos negativos nuestro cerebro interioriza esa negatividad que trasladamos a los demás como si de un espejo se tratara. Y, por el contrario, cuando buscamos “convertir” un pensamiento negativo en positivo, y además, lo transmitimos en términos positivos, se consigue abrir nuevas puertas a posibilidades y alternativas ante las que poder “hacer algo por”.

No es tarea fácil porque sólo nosotros tenemos el poder de manejar nuestras emociones, y esto no garantiza el éxito, pero puede que sí nuestra forma particular de auto-valorarnos y, sobre todo, de auto-exigirnos.

Si somos conscientes de estar haciendo todo lo que esté en nuestra mano, de esforzarnos cada día por superar esas barreras que todos tenemos bastante claro que nos ocasionan problemas; lo consigamos o no, el intentarlo con fuerza nos lleva a saber que “estamos haciendo algo”, estamos siendo proactivos para con nosotros mismos. Y, además, seguro que el receptor de nuestras palabras inmediatamente abre su mente al apoyo o a la comprensión, incluso más que si siempre demostramos estar abatidos.

Supongo que depende del nivel de implicación personal en este trabajo interior. De todo esto lo único que puedo garantizar es que intentarlo no tiene una consecuencia negativa, es difícil cansarnos de la positividad cuando a todos nos gusta estar bien, agradar, y que se nos preste atención. Es difícil que si sonríes no obtengas una sonrisa. Es difícil que si te regalas al mundo como alguien que verdaderamente lucha no te transmitas al exterior como un luchador. Sin embargo, si nosotros mismos nos auto-decimos que mejor esperar a que las cosas sucedan, lo que transmitimos es que no estamos haciendo nada para mejorar aquello de lo que continuamente nos podemos estar “quejando”.

¿Qué os parece un juego de reprogramación de nuestra terminología cerebral? 

Se trata de trabajar sustituir la intención que hay detrás de nuestras acciones, palabras y pensamientos, buscando detectar cómo la intención positiva comunicada con palabras positivas (así sea hacia nosotros mismos) transforman el verdadero sentir de la energía que vamos a poner en intentar cuanto nos propongamos.

¿Y si tratamos de evaluar nuestros pensamientos más negativos y transformarlos en palabras más positivas? Parece un juego de engañar a nuestro propio cerebro, pero es que en realidad podemos jugar con él y entrenarle.

Os ponemos algún ejemplo de sustituir nuestros profundos pensamientos negativos por palabras positivas, a ver qué os parece:

– Menudo problema! = Es un desafío, un reto, como otros, y otros los superé, voy a hacer por mejorar los resultados!

– No lo conseguiré nunca = Voy a poner mi empeño en conseguirlo, es más, estoy seguro de que lo voy a conseguir.

– No puedo = Me atreveré, siempre se puede, si no lo intento jamás sabré realmente si podía conseguirlo.

– Es imposible = Puede ser posible, no lo sabré si no lo intento, veamos a ver…

– Nunca lo haré = Lo voy a intentar.

– No creo = Abriré mi mente. Cuantas cosas creía que no creía y después me he sorprendido a mi mismo, por qué no esta vez…

– No entiendo = Trataré de comprender.

– Yo no valgo para eso = Soy capaz de todo lo que quiera y me proponga. Todo depende de mi nivel de esfuerzo.

– Si tuviera más apoyo = Voy a pedir ayuda, tal vez los demás no sepan que necesito que me apoyen.

– No se puede hacer = Otros lo lograron ¿Por qué yo no?

– No hay manera = Buscaré la forma.

– Todo me sale mal = Lo intentaré otra vez.

– No podré hacerlo = Voy a tratar de conseguirlo esta vez.

– Va a ser un día pésimo = Hoy puede ser un día especial, voy a empezar por dar de mi a otros mi parte más especial, seguro recibiré algo parecido.

– Yo soy así, nunca cambiaré = Yo cambio y me adapto constantemente porque procuro mejorar lo que no me gusta de mi y lo consigo.

 www.fun4shoppers.esDibujoY para finalizar, qué mejor que ponerle música con una canción que viene como anillo al dedo a lo dicho. Maldita Nerea: La Respuesta No es La Huida

Leyenda para la reflexión: ¿Cuál es tu respuesta ante las adversidades?

¿Zanahoria, huevo o café?

Una hija se quejaba a su padre de lo dura que era su vida y cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo.  Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego fuerte. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir sin decir palabra. La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un bol. Sacó los huevos y los colocó en otro bol. Coló el café y lo puso en un tercer bol.

Mirando a su hija le dijo:- Querida, ¿qué ves?- Zanahorias, huevos y café, fue su respuesta.

Le hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias. Ella lo hizo y notó que estaban blandas. Despúes le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Tras quitarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

Humildemente la hija preguntó:- ¿Qué significa todo esto papá?

El le explicó que los tres elementos se habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo. Pero habían reaccionado de forma diferente.

La zanahoria llegó al agua fuerte, dura. Pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil. Su cáscara fina protegía su interior líquido. Pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café sin embargo eran únicos. Después de estar en agua hirviendo, habían cambiado al agua.

¿Cuál decides ser tú?, le preguntó a su hija. Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?. ¿Eres una zanahoria, un huevo o un grano de café?.

¿Eres la zanahoria que parece fuerte pero ante los problemas o circunstancias te vuelves débil y pierdes tu fortaleza?. ¿Eres como el huevo, que comienza débil y maleable y ante las adversidades te vuelves duro en tu interior?

¿O eres como el grano de café que es capaz de cambiar las circunstancias y ponerlas a tu favor?.

Al igual que estos elementos, la respuesta está en nosotros, en nuestro interior y nuestra capacidad de manejar nuestras emociones.

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